El Creador de Unearte saluda en la entrada. Camisa amarilla sobre una franela roja, señalando con al frente con su dedo índice. La imagen de Hugo Chávez, autodenominado creador, recibe a los estudiantes y profesores de la Universidad Nacional Experimental de las Artes y anuncia una entrada a un edificio que hasta 2007 fue la sede del Ateneo de Caracas. En este momento, el acceso a la estructura acompañado por la imagen chavista se encuentra revuelto por una representación de la parranda de San Pedro. El piso gris pulido del edificio y sus paredes gris concreto contrastan con las mallas de bailarines y piezas de obras de teatro que caminan y esperan el ascensor.»Sé tú mismo. Los deás pestos están ocupados.»
-¿A qué piso van? – pregunta el ascensorista, que intenta sonreírle a las bailarinas. Solo intenta.
-Al cinco. Vamos al cinco, ¿verdad?
-Sí, a un lugar donde no haya tanta bulla, para poder grabar.
Desde el piso cinco, el panorama de la Parranda de San Pedro solo quedaba reducido a un barullo externo, una molestia en el oído. Unos pasos después de la salida de los ascensores, el paralelepípedo vacío del edificio queda descubierto. La estructura consiste en un pasillo en forma de cuadrado. Su ancho apenas puede soportar un par de piernas extendidas.
-Si quieres vamos al fondo que hay unas sillas y podemos hablar mejor.
El gran espacio vacío central es apenas separado del precipicio por un muro propenso a suicidios: su baranda apenas alcanza a la altura de la cadera. Arriba y abajo, todo se ve bastante igual. Al final del precipicio, se aprecia la planta baja que da entrada a las salas de teatro de la universidad. Arriba, no más que otros pasillos estrechos. En el medio, bruma gris.
-¿Y en este edificio caben cinco carreras?
-Bueno, está la sede de Sartenejas de música, pero ya muchos están acá. Y también está la de Caño Amarillo y el Museo Jacobo Borges. Pero la mayoría de los estudiantes están acá, aunque todos estos últimos pisos son de danza.
Para llegar a la otra esquina del cuadrado, hay que dar la vuelta caminando. A veces, para pasar, se debe esquivar la pierna de algún bailarín exhausto, que cayó rendido o espera su próxima clase tendido en el pasillo. Los salones de baile, con pisos de linolio y grandes ventanales, contrastan con la bruma gris de los pasillos centrales.
-Vamos a sentarnos acá.
Dos sillas en la esquina del borde del pasillo. La estrechez había cedido un poco. Unas oficinas decoradas con afiches gubernamentales acompañaban la mirada.
-Sí, está bien. ¿Y esto es así de oscuro siempre?
Otra vez abajo, la parranda había terminado. Chávez seguía creando.
