Carmela extraña el metro

Paso. Freno. Paso. Golpe de una goma contra el suelo. Mano deslizándose por una baranda. Son las cinco, o las seis de la mañana, y, después de rezar, Carmela comienza a caminar.

Ya en la cocina, planifica su día. Sus rodillas, que ya tienen 76 años, se asoman tras unas rodilleras. Cada vez giran menos, y ella se organiza en función de eso. Hoy viene a la casa un arregla todo. “No puedo comprar bombillos nuevos. Tengo la casa casi sin luz porque los sócates se queman siempre”. El señor va a la casa, cambia los sócates e instala los bombillos. Hay luz de nuevo en la cocina.

Al terminar, no hay pago. O al menos, no físico. “Antes podía darle un cheque, pagar en efectivo. Ahora nada, tengo que llamar a mi hija para que haga la trasferencia”. El arreglatodo entiende, acepta y le da un papel con su número de cuenta que tenía preparado para todas las veces que ha tenido que entender y aceptar con otras señoras.

La cocina comienza a oler. Cerca del mediodía, el aroma se impregna de albóndigas con salsa, berenjenas rellenas, o algún ponqué. Desde temprano y a su velocidad de hormiga, no para. “Yo me pregunto cómo hace la gente que no tiene agua nunca, ¿cómo hacen para cocinar?” se pregunta, sabiendo la respuesta. La casa de Carmela tiene un tanque grande, que ella y su difunto esposo pensaron para la Venezuela con servicios públicos deficientes de los 70. Pero la Venezuela con servicios públicos deficientes del 2019 pone a prueba al tanque, que cada semana suele estar próximo a vaciarse. Cuando eso pasa, Carmela da la orden: emergence, ni bajar la poceta, ni bañarse.

Por la casa de Carmela nunca ha pasado transporte público. Antes de que sus rodillas dejaran de moverse a la velocidad que Caracas exige, ella caminaba hasta la avenida y esperaba el metrobús que la bajara hasta la estación de metro. Le gustaba bajarse en el metro de Chacao y subir al mercado. También, cuando iba a hacer alguna diligencia, se bajaba en el metro de Parque del Este a comerse algo en la pastelería Doris.

-¿Tú usas el metro? –me pregunta.

-Todos los días.

-¿Y cómo está?

-Horrible.

-¿Y cuánto se paga?

-Nada, es gratis.

-¿En serio?

-Sí, desde hace años. A finales del año pasado intentaron cobrar, pero fracasaron.

-Yo extraño el metro.

Para moverse, además de sus rodillas, Carmela necesita a alguien con carro. En la labor se turnan sus hijos, el hijo de su vecina o alguna amiga de la iglesia. Ya Carmela no puede caminar hasta la parroquia: sus piernas solo pueden llegar a casa de su vecina Kristina. Arubeña y viuda de italiano, Kristina recuerda aún a la señora Carmela a pesar de la demencia.

Esta tarde, Lery, de la parroquia, la pasa buscando para la misa de 5:30. Después, alguna buena cristiana la devuelve a su refugio.

Cuando el cansancio de doce horas de trabajo doméstico se lo permite, Carmela “abre” la computadora porque en la televisión “no pasan nada”. En Facebook convive con la familia, las procesiones de su pueblo en Italia y las fake news. A veces, en la computadora le sale “No se pudo conectar”. Cuando eso pasa, Carmela apaga. “Yo no entiendo de esas cosas, si no hay internet, no hay”.

Tras ponerse la dormilona, escalón por escalón, un nuevo maratón la obliga a llegar hasta su cama. Otro día más de pie.

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