Tres potes

Una sucesión de líneas verdes y azules.

Cuando la pila se abombó y la pantalla se terminó de descuadrar, una sucesión de líneas verdes, azules, e incluso blancas invadió una pantalla con casi 45 grados de inclinación. Tras la fiesta de colores, vino el negro. Parecía ser definitivo, pero una semana después, el iPhone encendió, misteriosa y raramente, sin avisarle a nadie. Dos meses más duró su agonía, hasta que otra vez se hizo la fiesta verdeazulada, justo antes de que su pantalla se hiciera negra –aparentemente- para siempre.

Un intento fallido de reparación consumó una realidad que estaba más que cantada: no tengo teléfono inteligente ni dinero para comprarme otro. 2017 se estrenaba ofreciéndome una vida sin Smartphone.

Caracas se disputa año tras año el título de la ciudad más violenta del mundo. El robo de celulares es una de las muestras de violencia más frecuentes, que incluso, puede devenir en asesinatos. Como buen caraqueño, tenía hasta entonces una doble vida: un celular caro en la casa, y un pote en la calle. Conocido generalmente como pote o perol, estos teléfonos cuentan con tres virtudes: poder llamar, poder mandar mensajes y poder sacarlo en cualquier lugar de la ciudad sin –mucho- miedo.

Mi pote de entonces era un pote que se ufanaba de ser caro. Un Nokia, ni más, ni menos. Sin cámara, gris, pero con juegos de monitos y resistencia a los golpes comprobada. Poco a poco, sin WhatsApp, me fui quedando sin dos tercios de mis amigos. “Pero ¿cómo me comunico contigo si no tienes WhatsApp?” “¿Cómo quieres que hable contigo si no tengo cómo escribirte sin WhatsApp?” “¿Para cuándo te compras un teléfono y así podemos hablar?”. Para nunca. El pote me bastaba, y para todo lo que usaba el teléfono inteligente, estaba la computadora.

Mi querido Nokia gris decidió partir un buen día tras una caída en mis clases de portugués. No prendió más. Error de Contact server, o algo así. Según algunos expertos en la materia, para repararlo había que comprarle muchas piezas y meterlo en un horno nuevamente para que se compactara.

Un Huawei plano, con teclado plateado y forma curva, me rescató de la gran tragedia que significó para mi madre quedarme sin celular. Ese celular fue el único del cementerio de potes que hay en casa que reconoció el chip sin problemas. No tener teléfono inteligente ya había dejado de ser un problema, pues, a esas alturas, ya no tenía muchos amigos al no tener WhatsApp y mis únicos mensajes diarios eran alguno que otro con mi mamá o con Carla.

Pero, en cualquier momento, la cosa volvía.

-¿Y cómo hablo contigo si no tienes WhatsApp?

-Telegram. Messenger de Facebook. DM en Twitter. Mensaje de texto. Si tienes otra vía, me puedo adaptar.

-Ah. Pero es que no tengo espacio para bajar nada en el celular.

-¿Y tú te compras un celular para solo poder bajar WhatsApp?

El Huawei no tuvo la resistencia del Nokia, pero al ser un pote de gama baja me transmitía más confianza. Sentía que mi teléfono era más inútil y su peso en mi bolsillo era aún menor. Escribir, en el Huawei, se sentía más rico por la textura de las teclas. Pero, al tener un pote, necesitas a alguien con un teléfono inteligente que te avise cómo va la vida a tu alrededor.

Nuevo mensaje de Carla: Ramírez suspendió la clase

Nuevo mensaje de Mamá: Papi, está lloviendo por acá. No dejes que te agarre la noche. Besos. Dtb.

Nuevo mensaje de Papá: Ok.

De nuevo, vuelve la cantaleta:

-Si tuvieras celular con WhatsApp te enterarías siempre cuando suspenden clases.

-Si tuviera celular con WhatsApp tendría que juntar las esferas de dragón para ver dónde agarro señal y así conectarme a WhatsApp.

-Bueno, pero al menos te puedes conectar donde haya WiFi.

-Sí, y me pueden matar también por el celular. Qué innecesario.

Al tiempo, el sistema operativo del Huawei decidió poner punto final a su vida útil. Un código alfanumérico indicaba que ya no servía, y que, para que sirviera, habría que descargar uno nuevo. Los que reparan celulares en Los Cortijos no tenían ese sistema operativo. Los de City Market tampoco.

Para alarma de mi madre, ya no había nuevas resurrecciones del cementerio de potes. Estaba, por primera vez y de forma oficial, sin teléfono. Se sentía bien decirlo; era como confesar una maldad. Desde ese diciembre, empecé a darme cuenta que el verdor del Ávila al atardecer se ve bonito desde el CCCT, que correr contra el reloj de La Previsora puede hacerte caminar más rápido y que las salidas de metro tienen nombre y no solo colores, pues había que avisar por qué parte estaba. También aprendí lo bonito de cómo se concretaba una salida hasta hace menos de dos décadas.

Entre huérfanos de celular se tejen redes. Quedar con alguien que tampoco tiene teléfono en un sitio y lugar específicos adquirió un romanticismo muy especial. Era una complicidad, casi un delito. A veces, alguno metía la pata.

-¿Será que me prestas tu teléfono para m…

Pero no hay otro teléfono. Eran dos indocumentados telefónicos, con madres en vilo esperando y con un reloj del sol mental que te alerta del peligro caraqueño. Pero sin peso en el bolsillo.

Otra vez enero. Otra vez peso en bolsillo.

-Toma. No puedes estar sin teléfono en la calle.

De algún lugar, el teléfono Nokia verde y blanco que le regalamos a mi mamá con alguna promoción del día de la madre de Movilnet, estaba en mi mano. Mi mamá lo había reparado. Funcionaba. Aún mantenía como fondo de pantalla la foto de mi primo y yo, con diez años menos, en algún cumpleaños. Aún la mantiene.

-Pero es que yo no lo necesito; estoy bien sin teléfono.

Volví a la gama alta de los potes por todo lo alto. Al punto que no quería sacar un Nokia que otrora fue tan exitoso. Me daba miedo. En ese Nokia hasta puedo jugar City Bloxx, y nadie había borrado el navegador Opera Mini que le descargué mientras estaba en primaria. Parecía demasiado lujoso para mi bolsillo.

La pedidera de entrevistas para las prácticas de la carrera en Periodismo me ha devuelto al punto de inicio, en el que me sentía triste por haber perdido a mis amigos que no podían hablar conmigo fuera de WhatsApp. Me toma más de cinco minutos en un teclado de doce letras escribir:

Hola, soy Juan Pedro Antonuccio, estudiante de Comunicación Social de la UCV y te escribo porque estoy haciendo un reportaje sobre XXXXXXXX enfocado en XXXXXXXXXXX. Para poder hacerlo, estoy buscando testimonios sobre XXXXXXXX. Por eso, me gustaría hacerte una entrevista. Si te interesa, me puedes escribir un mensaje y cuadramos. Gracias J

Para recibir de respuesta:

-No tienes ws?

Ya al Nokia verdiblanco se le cayó el cuadrito, la fila de arriba, y más recientemente, la del 1, 2 y 3. Pronto sus compañeras del 4, 5 y 6 seguirán su camino hasta que el teclado se vuelva una luz blanca. Preocupada por el futuro de mi pote, mi madre no tardó en actuar.

-Puedes empezar a usar el nuevo teléfono que compré cuando quieras. Es azul y verde, se me parecía a ti. ¿No te gusta?

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